¿Me exijo demasiado a mí mismo?
Todos sabemos que actualmente vivimos en una sociedad altamente exigente, que nos hace ir corriendo todo el día para cumplir con nuestras obligaciones. Y esto es una gran fuente de estrés en nuestras vidas.
Pero no siempre esta exigencia viene de nuestro entorno, a veces está mucho más cerca, nace de nosotros mismos. Mucha gente se impone una autoexigencia que les lleva no sólo a creer que tienen que cumplir con todas sus obligaciones, sino que además las tienen que hacer perfectas.
El problema no está en querer hacer las cosas bien, en querer superarnos, si no en creer que tenemos que hacerlas bien y que si no es así, entonces las habremos hecho mal. Esta manera de enfocar nuestra vida, desde lo cotidiano a lo más trascendente, sólo hace que cada tarea que emprendamos se convierta en una pesada carga. No nos permite disfrutar de lo que hacemos, nos provoca enfado y malestar con nosotros mismos, culpa por no ser capaces de hacer las cosas mejor y un deterioro de nuestra autoestima.
Y ante esta situación una buena pregunta a realizarse es ¿realmente necesito tener éxito en todas y cada una de las cosas que hago para sentirme bien? ¿Necesito rendir al 100% todos los días en el trabajo, tener la casa limpia y recogida de lunes a domingo o mantener una estupenda vida de pareja y sexual sin el más mínimo altibajo? Seguramente no.
Sí que es cierto que es muy agradable que las cosas salgan muy bien, pero no es imprescindible. Si nos presentásemos a un examen, ¿a quién no le gustaría sacar una matrícula de honor? Tiene que ser muy gratificante. Pero con toda seguridad podemos ser igual de felices y valorarnos por igual con un aprobado, ¿no?
Desde luego, el conformismo no nos ayudará crecer como personas. Pero el perfeccionismo no nos permitirá ser personas felices.







