En ocasiones, esta sensación de temor puede incluso salvarte la vida, en situaciones en las que es necesaria para poder huir o defenderte.
También puede ayudarte a rendir más ante un examen o en tu puesto de trabajo (siempre y cuando no exceda de ciertos límites, porque entonces el rendimiento disminuiría).
Su aparición es lógica cuando te sientes amenazado, bien por una situación externa, o bien por una pulsión interna que te resulta inaceptable conscientemente.
Es decir, cuando hablamos de ansiedad, ésta puede aparecer dentro de la más estricta normalidad, pero también como franca patología.
No vamos a entrar ahora a clasificar las distintas formas o cuadros clínicos en que se puede manifestar la ansiedad. Eso lo reservamos para otra ocasión.
Digamos por ahora que la angustia normal es proporcional (cuantitativa y cualitativamente) al estímulo que la desencadena. Y que la angustia patológica se diferencia de ésta por:
- Nos lleva a revivir situaciones pasadas y no tan sólo la actual.
- Puede que desconozcamos la razón por la que aparece.
- Suele ser producto de un conflicto inconsciente.
- Se repite, manteniendo en ocasiones al sujeto hipervigilante, hiperactivado, lo que le afecta en su funcionamiento social.
- Suele acompañarse de más síntomas corporales (a veces, éstos son los que más relevancia tienen).
La ansiedad puede ser el síntoma principal y el cuadro diagnóstico claro, pero también puede aparecer acompañando a otros síntomas que serían los principales (como en la depresión, la hipocondría, un episodio psicótico,…)
Es mucho más frecuente en mujeres, y aparece principalmente entre los 20 y los 40 años.
Si no recibe tratamiento, presenta una gran tendencia a cronificarse.
Hay distinta técnicas eficaces en su tratamiento.






